martes, 29 de mayo de 2012

IMPORTANCIA DE LA LECTURA Y LA ESCRITURA EN EL CONTEXTO UNIVERSITARIO


Así como el ser humano necesita de herramientas materiales para potenciar sus capacidades físicas, del mismo modo, el desarrollo de sus capacidades superiores requiere de la mediación de  otro tipo de  herramientas,  ya  no materiales, sino de naturaleza simbólica: los distintos lenguajes y  formas de representación, los mitos, los relatos, las metáforas, los sistemas de notación, las disciplinas del conocimiento, los modelos científicos y los modos discursivos que utilizamos para interpretar y negociar significados, todos estos sistemas de símbolos hacen parte de la ―caja de herramienta culturales  que  los seres humanos necesitamos para  alcanzar  un pleno desarrollo. Todos nuestros actos intelectuales, nuestras formas de pensar, de aprender y de construir sentido sobre el mundo y sobre nosotros mismos, nuestras acciones y  voliciones están mediados por estos artefactos simbólicos.

La importancia que tiene el lenguaje en la formación universitaria puede sintetizarse en sus tres funciones principales: en cuanto sirve como instrumento  para enseñar,  evaluar y hacer público  el conocimiento; como mediador en las relaciones interpersonales, los acuerdos y los proyectos cooperativos; y como herramienta intelectual y de aprendizaje. El énfasis que se la ha dado a la primera de estas funciones ha hecho que se subestime la importancia que tiene el lenguaje como herramienta psicológica y cultural y como mediación en los procesos de formación propios de la educación superior.

El lenguaje —tanto oral como escrito— no  es un código independiente de otros sistemas de representación, por el contrario, es  un componente más entre  el variado repertorio de herramientas simbólicas que median los distintos modos de actuar de los seres humanos. Por lo tanto, la lectura, la escritura y la expresión oral deben  verse enmarcadas en una perspectiva mucho más amplia —una perspectiva semiótica— que reconoce la posibilidad que tiene el ser humano de utilizar distintos instrumentos simbólicos, no solamente el lenguaje, para construir la realidad y para interactuar con otros, en situaciones y con propósitos diferentes. La lectura, la escritura y la expresión oral son manifestaciones concretas del lenguaje que atraviesan todas las prácticas discursivas propias de la cultura académica: la investigación, las conferencias, los coloquios, los diálogos entre pares,  los exámenes,  las tesis de grado,  los ensayos y artículos científicos. Las tres designan acciones o prácticas concretas, que ocurren en contextos de aprendizaje y con fines específicos: presentar un examen, hacer una exposición en clase, sustentar una tesis, publicar los resultados de una investigación o participar en un debate.

Lo importante no es la lectura o la escritura, sino lo que  los profesores y estudiantes hagan con ellas, la forma como se apropian y utilizan los textos de lectura o sus producciones escritas para pensar y aprender mejor. Más que sustantivos, que designan conceptos lingüísticos abstractos u objetos de estudio, sería más exacto traducirlas a sus formas verbales: leer, escribir, hablar.

La producción escrita sigue siendo uno de los criterios principales para evaluar el desempeño de los estudiantes y la productividad de los investigadores. El dominio de la lectura y la escritura es un factor determinante en  la calidad de los procesos de formación,  hasta el punto de que muchos de los problemas que encuentran los estudiantes en su proceso de inclusión a la cultura académica, así como las diferencias que se observan en su desempeño, tienen su raíz en un escaso dominio de la palabra hablada y escrita. La escritura en la universidad constituye una poderosa herramienta intelectual, cuya función va mucho más allá de comunicar y evaluar el conocimiento aprendido. El énfasis que se le ha dado en la educación a la escritura como dispositivo de comunicación y de evaluación ha relegado a un segundo plano  la función  mediadora que tiene la escritura como herramienta de pensamiento. Como ―artefacto permanente, que se puede examinar, revisar o reconstruir, el texto escrito constituye un ―objeto mejorable, que le ayuda al estudiante a tomar una mayor conciencia del proceso por el que construye significados,  a explorar nuevas ideas,  detenerlas en el tiempo para someterlas a un análisis más riguroso, hacer explícitas sus relaciones y descubrir ideas de las que no tenía una total conciencia, antes de  empezar a componer el texto escrito. Gracias a la escritura las ideas, ―congeladas en el texto, pueden ser sometidas a un escrutinio juicioso, con independencia de su autor y de la situación en la que se produjeron; este distanciamiento que la escritura propicia encierra un enorme potencial para el desarrollo del pensamiento crítico de los estudiantes.

Por otra parte, las exigencias propias de la escritura científica obligan al estudiante a pensar de una manera mucho más rigurosa y escribir de acuerdo con la estructura discursiva y las convenciones propias de los géneros académicos. Finalmente,  el valor de la lectura, la escritura y la expresión oral no radica solamente en su condición de medios  para acumular información o para rendir cuentas del conocimiento adquirido en la universidad sino, ante todo, como instrumentos poderosos para producir  y transformar el  conocimiento, elevar la calidad de los aprendizajes, desarrollar  el pensamiento crítico de los estudiantes y hacerlos partícipes en el proceso de su formación. Fuera de contribuir al logro de estos fines académicos, la capacidad para comunicar las ideas de una manera clara y convincente en  forma oral  y escrita constituye, además, una condición indispensable para el desempeño profesional, el crecimiento personal y el ejercicio de una ciudadanía responsable.